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El despertar de un letargo

30 marzo, 2011

Han pasado ya varios meses desde que mostré signos de vida en la bitácora. Reconozco que da la sensación de que me he ido a hibernar como un oso cuando llega el duro invierno, que por cierto, ha sido más llevadero de lo que esperaba.

Admito que la actividad no ha sido demasiado frenética, sobre todo en cuanto a viajes y excursiones, pero el frío, la nieve y las pocas horas de luz no invitan a ir a conocer nuevos lugares. Preferí esperar a la llegada de la primavera para disfrutar aún más de los destinos que me esperan.

En su lugar, aproveché para conocer a fondo Varsovia, sus rincones, su historia, su gente, su gastronomía. Posiblemente me anime a comentar alguno de estos aspectos próximamente, aunque no prometo nada. También dio tiempo a un par de escapadas. Una a Estambul con motivo del cambio de año y otra a Berlín más recientemente, y en las que volví a reecontrarme con aquellos compañeros y amigos que compartimos nuestro entrenamiento en Madrid allá por el verano pasado.

Algunos intrépidos se han atrevido a visitarme durante el invierno como mi padre o Gabri y Alberto, destinados en París y Estocolmo respectivamente, y a los que espero se hayan sentido agusto durante su estancia en Polonia.

Muchos planes quedan pendientes para los próximos meses, los cuales hay que exprimir al máximo porque aún en la lejanía se ve acercarse poco a poco la fecha de caducidad de esta aventura.

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La llegada de lo inevitable

3 diciembre, 2010

Era cuestión de tiempo y el momento ya ha llegado. Después de unos tímidos copos hace unas semanas que no dejaron huella, cayó la primera nevada en la tarde del pasado sábado. Como una novia momentos antes de su boda, la ciudad empezaba a vestirse de blanco preparándose para el invierno.

La nieve se empezaba a acumular sobre todo en parques y jardines donde no había nadie que la retirase o la deshiciese a su paso. Pero todo eso cambió en la mañana del lunes.

Poco después de llegar al trabajo,  comenzó una eterna nevada que se prolongó durante todo el día ocultando la ciudad bajo un grueso manto blanco. Los caminos desaparecieron y las pisadas se hundían en la nieve hasta el tobillo mientras el viento te lanzaba con fuerza diminutos cristales a la cara. Pero si caminar se hacía complicado, moverse en vehículo era aún peor. Varsovia había quedado sumida en un caos circulatorio en el que los coches quedaron atascados por las principales vías de la ciudad.  Incluso el transporte público instaba a sus pasajeros a bajarse ante la imposibilidad de continuar el viaje. Por suerte, al día siguiente ya se retomaba la normalidad.

La cara de la ciudad ha cambiado plenamente. La nieve está por todas partes, las amplias aceras han quedado reducidas a estrechos caminos formados por el propio tránsito de los habitantes mientras se acumula nieve en los márgenes en montones cada vez más y más grandes. El casco viejo, donde no llegan las máquinas quitanieves y hay que retirarla con pala es un espectáculo digno de ver. Incluso hay gente que ha salido a pasear con esquís.

Los polacos afirman que esta nieve ya se mantendrá al menos hasta el mes de marzo. Y considerando el poco sol que hay y el intenso frío, les creo. Bienvenidos a la nueva y blanca Varsovia.

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Sombras en la oscuridad

23 noviembre, 2010

Cuando llegué a Varsovia hace ya algunas semanas, me encontré el tiempo de cara. El sol lucía, el cielo se mostraba azul. Aproveché para salir a ver la ciudad, admirar sus monumentos y recorrer sus parques mientras los árboles aún tenían hojas y los rayos de luz reflejaban los tonos dorados del otoño. Sin embargo, mis compañeros polacos del trabajo me advirtieron que esa situación no duraría mucho. Y estaban en lo cierto.

Al cabo de unos días, empezaron a llegar tímidamente nubes grises que iban y venían manteniendo una dura pugna con el astro solar, que finalmente cedió y se retiró agotado. Además, el invierno se está acercando, los días se van acortando y van dejando más espacio para la noche. Es algo lógico y periódico, pero en estas latitudes se acentúa mucho este cambio. Solía odiar cuando en mi tierra, cambiaban de un día para otro la referencia para medir el tiempo y de repente oscurecía a media tarde. En este país, a media tarde, hace ya horas que es noche cerrada. Las mañanas se me hacen muy cortas, las tardes eternas. Para colmo, el poco tiempo que hay de luz, aunque sea algo ténue por las nubes, lo dedico a llevar a cabo la misión para la que fui enviado, enfrentándome a artefactos del averno, para ganarme el sustento.

Por eso, el domingo pasado, día del sol según los anglosajones, en el cual la estrella quiso reivindicarse, no dudé en echarme a la calle a pesar del cansancio por la noche anterior. Necesitaba pasear, aunque sea un momento, bajo su influjo, llenarme de vida. La ciudad se veía de otra manera, incluso la gente parecía estar más alegre. Lamentablemente, la Tierra, en su incansable movimiento, rápidamente dio la espalda al sol, ocultándolo por el oeste y devolviéndonos a la penumbra.

Soy una persona a la que le gusta vivir de día, acostumbrado a ver el sol muchas horas al año. Disfruto de las mañanas claras y despejadas en los que los colores de la naturaleza muestran todo su esplendor. Quizá esta ciudad me cambie, me haga descubrir los misterios de la noche, me convierta en un amo de las sombras. Puede incluso que cuando vuelva a recibir la luz del sol me queme. O me haga brillar.

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La Venecia del Norte

20 noviembre, 2010

El día 11 de noviembre Polonia conmemora el día qué consiguió su independencia en 1918 tras 123 años de ocupación por rusos, austriacos y prusianos, más de un siglo en el que la nación no existía como tal.

La capital, Varsovia, se había engalanado de banderas rojiblancas por doquier pero yo no iba a presenciar sus celebraciones. Ese día, aprovechando su carácter festivo y su proximidad al fin de semana, decidí viajar a tierras nórdicas, a visitar la ciudad de Estocolmo y al compañero destinado allí.

Tras un corto trayecto por aire y otro un poco más largo por tierra, ya en Escandinavia, llego al centro de Estocolmo a última hora de la tarde y me dirijo a la casa de Alberto, quien me había ofrecido alojarme en su casa durante mi estancia allí. Por el camino voy observando que esa ciudad poco se parece a Varsovia. Desaparecen los edificios grises rectangulares para dar paso a viviendas estéticamente más vistosas de colores amarillentos y rojizos. Y rodeándolas, varios canales de agua, no obstante la ciudad se encuentra sobre un archipiélago de catorce pequeñas islas. Es por ello por lo que se le conoce como “la Venecia del Norte”.

Al día siguiente, salgo en solitario a conocer la ciudad, ya que Alberto tenía que trabajar y no podía acompañarme. La mañana había despertado con un tiempo desapacible, frío, lluvioso y con algo de viento, pero a los suecos parecía no importarle. Por todos lados veía gente desplazándose en bicicleta o corriendo junto a los canales para mantenerse en forma. Pasee durante largo rato en dirección a unos museos que tenía intención de visitar y de paso aprovechaba para resguardarme de la lluvia. En el trayecto iba admirando el estilo arquitectónico de la ciudad mientras atravesaba puentes que me llevaban de isla en isla. Era una bonita ciudad.

Estocolmo

Estocolmo

Finalmente, llego a mi destino, el museo del Vasa, donde se mostraban los restos perfectamente conservados de un navío de guerra del siglo 17 que se hundió en su primera travesía. Cerca de allí, había otro museo que me interesaba. Albergaba una exposición de los Guerreros de Terracota, el ejército de barro cuya misión era proteger la tumba del primer emperador de China. Toda una lección de cultura e historia.

Vasa, el navío hundidi

Gerrero de Terracota

Llegaba la hora de comer y volví a casa de mi anfitrión que me ofreció una rica comida casera. Es un buen cocinero. Por la tarde, y ya sin sol en el cielo, salí a dar otra vuelta por la ciudad.

La siguiente jornada, la dediqué a visitar la parte vieja de la ciudad. Calles estrechas, iglesias con altos campanarios, palacios reales y muchos turistas. Encontré una tienda de artículos vikingos, donde pude adquirir un objeto que siempre había querido tener: un cuerno para beber cerveza.

Y por las noches conocí la vida más festiva de la ciudad visitando las tabernas y conociendo algunos españoles que se encontraban viviendo en Estocolmo bien por trabajo o por estudios. Uno de ellos nos contó lo duro que fue el invierno anterior y cómo lo pasó construyéndose su propia barca, algo que nos llamó mucho la atención.

Finalmente tocaba volver a Polonia donde, por primera vez, cuando aterricé me asaltó un extraño sentimiento: “Ya estoy en casa”.

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Senderos helados

4 noviembre, 2010

Sale el sol en Zakopane y nos levantamos después de dormir en cama tan solo dos horas. Sorprendentemente no nos encontramos cansados, perfecto, necesitábamos estar en forma para la jornada que se venía encima. En el albergue nos ofrecieron un buen desayuno para tomar fuerzas y un mapa con los caminos que se podía recorrer por las montañas.

Senderos

Estudiamos las rutas y como no éramos expertos montañeros ni llevábamos equipamiento adecuado decidimos recorrer una sencilla. El sendero, Strazyska Dolina, empezaba al sur de Zakopane, justo al pie de las primeras montañas de la cordillera de los Tatras donde, a pesar del espléndido y soleado día que hacía, empezaban a aparecer los primeros restos de nieve en zonas sombrías. El camino discurría remontando un pequeño arroyo de agua helada en un paisaje espectacular. Estaba encantando, la naturaleza me apasiona y siempre había soñado recorrer los bosques europeos de altos árboles tan diferentes a lo que podía encontrar en mi tierra.

Strazyska Dolina
Conforme nos adentrábamos en la montaña, y a pesar de no haber subido  mucha altitud, el sendero se iba poniendo cada vez más blanco, obligándonos a prestar atención a las placas de hielo que aparecían de vez en cuando. Tras algo menos de una hora caminando, llegamos a un refugio en un claro, dónde hicimos nuestra primera parada para avituallarnos. El alimento era necesario porque la parte más dura estaba por venir. Antes de eso, nos dirigimos en una prolongación del sendero hacia el sur, caminando entre resbaladizas rocas para alcanzar una pequeña cascada que salía de una infranqueable pared.

Refugio

Escalera Infernal

Volvimos al refugio y desde ahí tomamos dirección este a lo largo de una interminable escalera de rocas que ascendía por la montaña al abrigo de los árboles que, afortunadamente, impedían que estuviese cubierta de nieve. Algo más de una hora nos tomó conquistar aquella escalera que finalizaba en la cumbre de Sarnia Skala a 1377 m de altitud. Desde allí, unas vistas espléndidas de todo el valle de Zakopane a un lado y de los altos picos de Zakopane que se erguían dominantes sobre nosotros.

Por último, tocaba el descenso, por la otra cara de la montaña y a través de una escalera de piedra similar a la de subida pero cubierta de hielo. Midiendo cada paso para no resbalar, por fin llegamos a un camino junto a otro arroyo que nos llevaba de vuelta a Zakopane, donde nos esperaba una serie de tabernas tradicionales dónde reponer fuerzas con un buen filete de carne asada.

Montes Tatra

Zakopane

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El tortuoso viaje a las montañas

2 noviembre, 2010

Se acercaba el puente de los santos, momento que había que aprovechar para realizar alguna excursión fuera de la capital polaca. Decidimos que sería buena idea acercarse a las única cordillera que hay en la llana Polonia, los montes Tatras, que al sur del país ejercen de frontera natural con Eslovaquia. Concretamente nos dirigíamos a la pequeña villa de Zakopane.

Para llegar hasta allí había que realizar un viaje en ferrocarril primero a Cracovia para luego cambiar a un autobús que nos llevase al pueblo montañés. No debería llevarnos más de 5 horas y estaríamos en nuestro destino para la hora de la cena. Sin embargo, no contábamos con los carteles de “desinformación” de la estación de Varsovia.

Se encontraba abarrotada de viajeros que partían hacía diversos lugares aprovechando el largo fin de semana que se presentaba. Tras localizar desde qué andén debíamos tomar nuestro tren, comprobamos que la situación en éste era aún peor. Estaba completamente atestado de pasajeros esperando la llegada del ferrocarril, en una imagen que me recordaba a las muchedumbres que, en el pasado, se agolpaban frente a las vías antes de ser introducidas por la fuerza en vagones hacia la muerte.

Sobre el andén figuraba el cartel que indicaba que en dos minutos saldría el tren con parada en Cracovia. En ese momento se acerca el vehículo y los pasajeros se afanan por entrar rápidamente en él, tratando de buscar una plaza donde sentarse para hacer el viaje más cómodo. Es típico en Polonia que algunos trenes no ofrezcan reserva de asiento y que entren más pasajeros de los que realmente pueden ir sentados. Nosotros no pudimos encontrar ninguna plaza libre así que nos quedamos de pie en el pasillo.

Una vez que el tren reemprende su marcha y sale del subsuelo de la estación varsoviana, comprobamos con extrañeza que se dirige en dirección oeste en lugar de desplazarse hacia el sur. Consultamos a una pasajera sobre el destino del ferrocarril y confirman nuestras sospechas: ese tren no iba a Cracovia sino a Wroclaw, en un viaje que iba a durar cinco horas y que en ningún momento nos acercaba a donde queríamos ir. Aquel maldito cartel sobre el andén nos había engañado.

No era el tiempo de lamentaciones y sí de elaborar una ruta alternativa para llegar a nuestro destino cuanto antes. Afortunadamente la pasajera y una revisora nos informaron de las posibilidades de ir a Cracovia desde Wroclaw. Teníamos disponible un tren sobre las diez y media de la noche que llegaba a Cracovia de madrugada, así que, decidimos tomarlo y pasar la noche en la estación cracoviana aguardando el primer autobús de la mañana hacia Zakopane. Por suerte, no hubo que esperar tanto, pues cinco minutos después de la llegada de ese segundo tren, a eso de las tres y media de la madrugada, partía un autobús hacia las montañas. Por fin una buena noticia.

Finalmente, arribamos a Zakopane casi al alba del día siguiente, catorce horas después de nuestra partida y habiendo recorrido media Polonia. Afortunadamente, el largo y pesado viaje mereció posteriormente la pena.

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Trovadores

25 octubre, 2010

Tras una larga jornada laboral, el jueves pasado, comento con mi compañero que nos merecemos un poco de distracción y así, tras pasar por casa para cambiar nuestro elegante mono de trabajo por zapatillas y sudaderas, nos dirigimos a un local cercano que había divisado días antes en una de mis expediciones de reconocimiento. Su nombre, inscrito sobre un cartel de madera, “Bar Rock”.

Al entrar, nos encontramos con un local lleno de humo, mesas y sillas de madera y carteles de grupos musicales sobre las paredes. Me sentí cómodo en ese lugar, no obstante, me recordaba a una taberna de mi ciudad natal en la que había pasado largas noches con amigos, jarras de cerveza y buena música. Aquella noche, en una esquina, estaba animando el bar un cantante con guitarra haciendo un repaso de grandes clásicos de la música rock. Pasamos a una sala contigua donde pudimos sentarnos en una mesa a charlar con la compañía de unas cervezas mientras de fondo escuchábamos los acordes del guitarrista.

Al cabo de un rato, el hombre termina su actuación y el local se queda en silencio, roto sólo por las conversaciones de los clientes. No duró mucho esta situación porque en unos minutos empezaba otro show. Acabamos nuestras bebidas y nos dirigimos a la otra sala para ver cómo se desenvolvían los músicos. Se trataba de extraño trío formado por un señor mayor de cabeza afeitada cantando y tocando una guitarra, un batería de su quinta y una chica, que podía ser la hija de cualquiera de los otros dos, al bajo. Interpretaban algo parecido a la música punk, por lo que pude deducir entre los berridos del cantante sin pelo y de lo duro y a la vez simple de las melodías. No era mi estilo favorito pero me estaba divirtiendo viendo al cantante como se colocaba un pañuelo de color naranja sobre su calva, mientras que el percusionista se lo ataba a una de las patillas de sus gafas de sol.

La bajista triste

La bajista triste

Y ajena a todo esto se encontraba la joven bajista, completamente estática, cuyo único movimiento era el de un par de dedos de cada mano para tocar el instrumento mientras su cara era la imagen de la apatía. Con la cabeza ligeramente ladeada y su mirada perdida en el infinito, parecía que la actuación que estaba realizando era una especie de redención, una manera de purgar algún error del pasado. Completamente bizarro.