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Hojarasca al atardecer

12 octubre, 2010

Hojarasca al atardecerGrata sorpresa me tenía preparada esta ciudad. Salí de casa después de comer, momento que en mi anterior vida era conocido como “Hora de la Siesta”, dispuesto a dar un relajante paseo antes de que el sol se escondiese. Me dirigía hacia el este, camino hacía el río Vístula, intrigado por la mancha verde que veía en los planos no muy lejos de allí. Tras no mucho caminar, sólo un par de manzanas después, me encuentro con una avenida en cuyo margen se alineaban árboles de hoja caduca que dibujaban un típica estampa otoñal de tonos dorados. Me encontraba ante el Parque Ujazdow.

La tarde agradable, clima soleado y temperatura suave hacían que caminar sobre senderos de tierra enmarcados por frondosos árboles iluminados por el crepúsculo fuera bastante reconfortante. Los varsovianos saben de este lugar y por eso se veían niños, familias y parejas junto al estanque en la parte central del parque.
Siguiendo mi andadura hacia el sur, llegué hasta lo que parecía un auténtico bosque en mitad de la ciudad, el Parque Lazienki. Una inmensa extensión de naturaleza surcada por caminos que se abren paso serpenteantes entre troncos que se elevan hasta el infinito. Podría pasar horas explorando esas veredas pero la noche se acercaba y seguí el camino que me indicaba la pendiente, tratando de descubrir algo que mi intuición me decía que existía. Y no estaba equivocado, por que minutos más tarde me encontraba ante un lago y, sobre él, como flotando sobre una balsa de madera, el Palacio sobre el Agua.

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No tuve tiempo para más porque la luz se apagaba y necesitaba salir de ese bosque, pero me alegró saber que había encontrado un lugar cercano donde evadirme de la piedra y el asfalto.

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Adaptación

10 octubre, 2010

Domingo 3 de octubre, en la oscuridad de la habitación de mi nueva casa abro los ojos tras un reparador descanso del viaje realizado. Descorro las cortinas y dejo que entre la luz de un día soleado. Bastante luz para ser tan solo las siete y media de la mañana, debe ser por las nuevas latitudes por las que me encuentro. Tras deshacer por fin las maletas y colocar todo mi equipaje por los muebles de la casa, me percato de que no tengo nada para comer.

Salgo a merodear por los alrededores del edificio a reconocer el entorno, tratando de buscar alguna tienda o cafetería para tomar algo. Las calles todavía estaban desiertas, calles amplias y llanas custodiadas a ambos lados por edificios grises y cuadriculados, no muy altos pero poderosos. Ese parece el estilo arquitectónico de la ciudad, viviendas construidas con un molde en forma de cubo que no deja espacio para la alegría y el color.

 

Vistas desde el piso

Vistas de Plac Konstytucji

 

Mientras tanto, consigo encontrar una pequeña tienda de barrio. En este tipo de comercios, te percatas de que en ese lugar resultas algo extraño, diferente. No entiendes a nadie y nadie te entiende a ti. Los productos que se venden no son los que estas acostumbrado a consumir e identificar qué es lo que estás cogiendo de la estantería resulta bastante difícil porque el idioma te es absolutamente desconocido. Tras un largo rato meditando decido llevarme un poco de leche, cacao y galletas para desayunar, pan, pasta y algo de cerdo pedido a la carnicera mediante lenguaje gestual. Al menos he conseguido comida para los dos próximos días.

 

Palacio de la Cultura

Palacio de la Cultura

 

Más tarde, me reúno con mi vecino y compañero de aventura. Decidimos que ese día comeríamos fuera, así que nos dirigimos al centro de la ciudad. Allí, sobre un parque repleto de puestos ambulantes de comida, se alza una enorme torre de piedra de forma rectángular. Se trata del edificio más representativo de la ciudad, el Palacio de la Cultura, un regalo del país soviético vecino que no gustó a los habitantes porque su enorme altura parecía imponerse sobre el resto de edificios, como dominándolos. Otras altas torres se levantaron con posterioridad en las inmediaciones del “PKiN” -apodo por el que se conoce al Palacio de la Cultura, iniciales de Palac Kultury i Nauki- para hacerle compañía en las alturas.

Entre las torres, se esconde un edificio de cristal de formas sinuosas rompiendo la hegemonía de ángulos rectos y piedra gris que predomina en la capital polaca. En su interior, comercios de ropa, alimentación y cafeterías. Un lugar idóneo en el que hemos ido adquiriendo progresivamente a lo largo de la primera semana provisiones y enseres para el hogar.

 

Torres iluminadas

Torres iluminadas

 

 

Centro Comercial

Centro Comercial

 

El resto de la semana, ha pasado de forma rutinaria entre el nuevo trabajo y viajes al centro de la ciudad para hacer compras de comida y ropa de abrigo que me permita soportar el largo y duro invierno que se acerca. También ha habido tiempo para conocer parte de la colonia de hispanos establecidos o enviados a Varsovia y con los que compartiré, espero, los momentos de descanso y relajación en las numerosas tabernas que se encuentran por la ciudad.

Si trato de resumir mis primeras impresiones sobre Varsovia, una vez trascurridos los primeros días, me vienen a la cabeza tres palabras: frío, gris, triste. Sin embargo, estoy seguro que rascando sobre los enormes bloques de piedra encontraré detalles especiales que merezcan la pena.

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Viaje y alojamiento

4 octubre, 2010

6 de la mañana. Suena el despertador que me arrebata mi último sueño en mi patria, en mi ciudad, en mi hogar. No hay tiempo para el desayuno. Hago la cama con mimo, paso acariciando los muebles y recojo mi equipaje, dificultosamente preparado el día anterior, despidiéndome de lo que me ha rodeado durante toda mi vida. Probablemente no vaya a cobijarme entre esas paredes en los próximos doce meses.

Por delante, me espera un largo viaje que durará hasta la noche. Iba a necesitar tomar dos carruajes por raíles y dos artefactos voladores. Cojo el primer carruaje hasta la provincia vecina donde, a la espera del siguiente, tomo mi último desayuno andaluz: tostada de tomate con jamón serrano y queso. La echaré de menos.

El segundo carruaje, bastante cómodo por cierto, me acercó al punto donde empezaría el viaje por aire. Allí, tras una amarga despedida con un ser querido, paso a la zona restringida para viajeros donde me reúno con los que van a ser mis compañeros de aventura en la ciudad. Dos muchachos también elegidos por la Organización, para desempeñar otro tipo de misión en Varsovia: ayudar a los mercaderes hispanos a vender sus productos más alla de las fronteras.

El vuelo transcurrió sin ningún incidente, mientras se nos informaba que estábamos a más de 10 kilómetros del suelo, moviéndonos a 800 kilómetros por hora y con una temperatura en el exterior de 58 grados bajo cero. Pero en la nave se estaba bien. Tuvimos que parar a mitad de camino y cambiar de vehículo aéreo, lo cual hacía el viaje más largo, pero ese hecho tiene sus puntos positivos. En primer lugar, te permite estirar un poco las piernas y relajarte en tierra firme. En segundo lugar, nos sirvieron comida y bebida por dos veces, una en cada vuelo.

Ruta
Finalmente, aterrizamos en Varsovia sobre la hora prevista, a eso de las diez de la noche. Recogimos los fardos y nos dirigimos hacia nuestros alojamientos donde nos esperaban los respectivos caseros. Por el camino, un único pensamiento: “Frío”. Sin embargo, la casa en la que iba a vivir parecía un buen refugio y se veía acogedora.

Sin tiempo de deshacer las maletas me dirigí con mi compañero a una taberna cercana a saciar nuestra sed con una buena cerveza. Después, y con el agotamiento ciñéndose sobre mí, fui de vuelta a casa -mi nueva casa- para recostarme en un blando colchón. Es en ese momento, antes de cerrar los párpados, donde empiezan a aparecer todo tipo de pensamientos tratando de asimilarlo. Tu vida acaba de cambiar.

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Los compañeros

3 octubre, 2010

Ninguna aventura puede llegar a buen puerto si se emprende en solitario. Necesitamos el apoyo y la compañía de otras personas dada nuestra naturaleza social.

Partí en solitario de mi ciudad natal hacia Madrid con el objetivo de ser instruido y formado para la misión encomendada. Tal y como las naciones preparan y entrenan a sus ejércitos, la Institución reúne a sus elegidos para adoctrinarlos en el arte de la dominación de las máquinas. Y en la capital conocí a quienes iban a ser mis aliados en la distancia: sesenta hombres y mujeres que destacaron entre seiscientos candidatos por sus méritos y que han sido destinados a realizar misiones similares a la mía en distintos puntos del globo.

Rivales durante las pruebas de selección, pronto se convirtieron en compañeros y amigos gracias en parte a las largas tardes y noches pasadas en las tabernas de la ciudad, lanzando brindis y regocijándonos por nuestra suerte. Veladas que ayudaron a sobrellevar el tedioso y duro proceso de formación preparado por el Organismo.

Una vez finalizado el entrenamiento y tras una épica celebración nos despedimos con sentimientos encontrados. La alegría de emprender pronto el viaje hacia nuestro destino y la tristeza de saber que algunos de nosotros nunca nos volveremos a ver.

Los becarios

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Érase una vez

3 octubre, 2010

…un humilde caballero de las tierras del millón de olivos que tenía ilusión por vivir una experiencia en otros lugares del mundo y encontró la oportunidad en unas becas de un organismo cuyo nombre no se puede pronunciar en vano y que apodaremos IC3X.

Tras superar una serie de duras pruebas y compitiendo con extraordinarios candidatos provenientes de todos los rincones del país, el organismo innombrable decidió encomendarle una misión en las gélidas tierras del noreste, en el país conocido como Polonia. Durante el próximo año, deberá dominar y manejar un conjunto de máquinas procedentes del averno que estableció el IC3X en una delegación en la capital del país. Además deberá evitar que el resto de trabajadores de la delegación sean devorados por estas criaturas apocalípticas.

Esta bitácora relatará la historia y los pensamientos de este personaje en su aventura fuera de su hogar.