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La Venecia del Norte

20 noviembre, 2010

El día 11 de noviembre Polonia conmemora el día qué consiguió su independencia en 1918 tras 123 años de ocupación por rusos, austriacos y prusianos, más de un siglo en el que la nación no existía como tal.

La capital, Varsovia, se había engalanado de banderas rojiblancas por doquier pero yo no iba a presenciar sus celebraciones. Ese día, aprovechando su carácter festivo y su proximidad al fin de semana, decidí viajar a tierras nórdicas, a visitar la ciudad de Estocolmo y al compañero destinado allí.

Tras un corto trayecto por aire y otro un poco más largo por tierra, ya en Escandinavia, llego al centro de Estocolmo a última hora de la tarde y me dirijo a la casa de Alberto, quien me había ofrecido alojarme en su casa durante mi estancia allí. Por el camino voy observando que esa ciudad poco se parece a Varsovia. Desaparecen los edificios grises rectangulares para dar paso a viviendas estéticamente más vistosas de colores amarillentos y rojizos. Y rodeándolas, varios canales de agua, no obstante la ciudad se encuentra sobre un archipiélago de catorce pequeñas islas. Es por ello por lo que se le conoce como “la Venecia del Norte”.

Al día siguiente, salgo en solitario a conocer la ciudad, ya que Alberto tenía que trabajar y no podía acompañarme. La mañana había despertado con un tiempo desapacible, frío, lluvioso y con algo de viento, pero a los suecos parecía no importarle. Por todos lados veía gente desplazándose en bicicleta o corriendo junto a los canales para mantenerse en forma. Pasee durante largo rato en dirección a unos museos que tenía intención de visitar y de paso aprovechaba para resguardarme de la lluvia. En el trayecto iba admirando el estilo arquitectónico de la ciudad mientras atravesaba puentes que me llevaban de isla en isla. Era una bonita ciudad.

Estocolmo

Estocolmo

Finalmente, llego a mi destino, el museo del Vasa, donde se mostraban los restos perfectamente conservados de un navío de guerra del siglo 17 que se hundió en su primera travesía. Cerca de allí, había otro museo que me interesaba. Albergaba una exposición de los Guerreros de Terracota, el ejército de barro cuya misión era proteger la tumba del primer emperador de China. Toda una lección de cultura e historia.

Vasa, el navío hundidi

Gerrero de Terracota

Llegaba la hora de comer y volví a casa de mi anfitrión que me ofreció una rica comida casera. Es un buen cocinero. Por la tarde, y ya sin sol en el cielo, salí a dar otra vuelta por la ciudad.

La siguiente jornada, la dediqué a visitar la parte vieja de la ciudad. Calles estrechas, iglesias con altos campanarios, palacios reales y muchos turistas. Encontré una tienda de artículos vikingos, donde pude adquirir un objeto que siempre había querido tener: un cuerno para beber cerveza.

Y por las noches conocí la vida más festiva de la ciudad visitando las tabernas y conociendo algunos españoles que se encontraban viviendo en Estocolmo bien por trabajo o por estudios. Uno de ellos nos contó lo duro que fue el invierno anterior y cómo lo pasó construyéndose su propia barca, algo que nos llamó mucho la atención.

Finalmente tocaba volver a Polonia donde, por primera vez, cuando aterricé me asaltó un extraño sentimiento: “Ya estoy en casa”.

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Senderos helados

4 noviembre, 2010

Sale el sol en Zakopane y nos levantamos después de dormir en cama tan solo dos horas. Sorprendentemente no nos encontramos cansados, perfecto, necesitábamos estar en forma para la jornada que se venía encima. En el albergue nos ofrecieron un buen desayuno para tomar fuerzas y un mapa con los caminos que se podía recorrer por las montañas.

Senderos

Estudiamos las rutas y como no éramos expertos montañeros ni llevábamos equipamiento adecuado decidimos recorrer una sencilla. El sendero, Strazyska Dolina, empezaba al sur de Zakopane, justo al pie de las primeras montañas de la cordillera de los Tatras donde, a pesar del espléndido y soleado día que hacía, empezaban a aparecer los primeros restos de nieve en zonas sombrías. El camino discurría remontando un pequeño arroyo de agua helada en un paisaje espectacular. Estaba encantando, la naturaleza me apasiona y siempre había soñado recorrer los bosques europeos de altos árboles tan diferentes a lo que podía encontrar en mi tierra.

Strazyska Dolina
Conforme nos adentrábamos en la montaña, y a pesar de no haber subido  mucha altitud, el sendero se iba poniendo cada vez más blanco, obligándonos a prestar atención a las placas de hielo que aparecían de vez en cuando. Tras algo menos de una hora caminando, llegamos a un refugio en un claro, dónde hicimos nuestra primera parada para avituallarnos. El alimento era necesario porque la parte más dura estaba por venir. Antes de eso, nos dirigimos en una prolongación del sendero hacia el sur, caminando entre resbaladizas rocas para alcanzar una pequeña cascada que salía de una infranqueable pared.

Refugio

Escalera Infernal

Volvimos al refugio y desde ahí tomamos dirección este a lo largo de una interminable escalera de rocas que ascendía por la montaña al abrigo de los árboles que, afortunadamente, impedían que estuviese cubierta de nieve. Algo más de una hora nos tomó conquistar aquella escalera que finalizaba en la cumbre de Sarnia Skala a 1377 m de altitud. Desde allí, unas vistas espléndidas de todo el valle de Zakopane a un lado y de los altos picos de Zakopane que se erguían dominantes sobre nosotros.

Por último, tocaba el descenso, por la otra cara de la montaña y a través de una escalera de piedra similar a la de subida pero cubierta de hielo. Midiendo cada paso para no resbalar, por fin llegamos a un camino junto a otro arroyo que nos llevaba de vuelta a Zakopane, donde nos esperaba una serie de tabernas tradicionales dónde reponer fuerzas con un buen filete de carne asada.

Montes Tatra

Zakopane

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El tortuoso viaje a las montañas

2 noviembre, 2010

Se acercaba el puente de los santos, momento que había que aprovechar para realizar alguna excursión fuera de la capital polaca. Decidimos que sería buena idea acercarse a las única cordillera que hay en la llana Polonia, los montes Tatras, que al sur del país ejercen de frontera natural con Eslovaquia. Concretamente nos dirigíamos a la pequeña villa de Zakopane.

Para llegar hasta allí había que realizar un viaje en ferrocarril primero a Cracovia para luego cambiar a un autobús que nos llevase al pueblo montañés. No debería llevarnos más de 5 horas y estaríamos en nuestro destino para la hora de la cena. Sin embargo, no contábamos con los carteles de “desinformación” de la estación de Varsovia.

Se encontraba abarrotada de viajeros que partían hacía diversos lugares aprovechando el largo fin de semana que se presentaba. Tras localizar desde qué andén debíamos tomar nuestro tren, comprobamos que la situación en éste era aún peor. Estaba completamente atestado de pasajeros esperando la llegada del ferrocarril, en una imagen que me recordaba a las muchedumbres que, en el pasado, se agolpaban frente a las vías antes de ser introducidas por la fuerza en vagones hacia la muerte.

Sobre el andén figuraba el cartel que indicaba que en dos minutos saldría el tren con parada en Cracovia. En ese momento se acerca el vehículo y los pasajeros se afanan por entrar rápidamente en él, tratando de buscar una plaza donde sentarse para hacer el viaje más cómodo. Es típico en Polonia que algunos trenes no ofrezcan reserva de asiento y que entren más pasajeros de los que realmente pueden ir sentados. Nosotros no pudimos encontrar ninguna plaza libre así que nos quedamos de pie en el pasillo.

Una vez que el tren reemprende su marcha y sale del subsuelo de la estación varsoviana, comprobamos con extrañeza que se dirige en dirección oeste en lugar de desplazarse hacia el sur. Consultamos a una pasajera sobre el destino del ferrocarril y confirman nuestras sospechas: ese tren no iba a Cracovia sino a Wroclaw, en un viaje que iba a durar cinco horas y que en ningún momento nos acercaba a donde queríamos ir. Aquel maldito cartel sobre el andén nos había engañado.

No era el tiempo de lamentaciones y sí de elaborar una ruta alternativa para llegar a nuestro destino cuanto antes. Afortunadamente la pasajera y una revisora nos informaron de las posibilidades de ir a Cracovia desde Wroclaw. Teníamos disponible un tren sobre las diez y media de la noche que llegaba a Cracovia de madrugada, así que, decidimos tomarlo y pasar la noche en la estación cracoviana aguardando el primer autobús de la mañana hacia Zakopane. Por suerte, no hubo que esperar tanto, pues cinco minutos después de la llegada de ese segundo tren, a eso de las tres y media de la madrugada, partía un autobús hacia las montañas. Por fin una buena noticia.

Finalmente, arribamos a Zakopane casi al alba del día siguiente, catorce horas después de nuestra partida y habiendo recorrido media Polonia. Afortunadamente, el largo y pesado viaje mereció posteriormente la pena.

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Viaje y alojamiento

4 octubre, 2010

6 de la mañana. Suena el despertador que me arrebata mi último sueño en mi patria, en mi ciudad, en mi hogar. No hay tiempo para el desayuno. Hago la cama con mimo, paso acariciando los muebles y recojo mi equipaje, dificultosamente preparado el día anterior, despidiéndome de lo que me ha rodeado durante toda mi vida. Probablemente no vaya a cobijarme entre esas paredes en los próximos doce meses.

Por delante, me espera un largo viaje que durará hasta la noche. Iba a necesitar tomar dos carruajes por raíles y dos artefactos voladores. Cojo el primer carruaje hasta la provincia vecina donde, a la espera del siguiente, tomo mi último desayuno andaluz: tostada de tomate con jamón serrano y queso. La echaré de menos.

El segundo carruaje, bastante cómodo por cierto, me acercó al punto donde empezaría el viaje por aire. Allí, tras una amarga despedida con un ser querido, paso a la zona restringida para viajeros donde me reúno con los que van a ser mis compañeros de aventura en la ciudad. Dos muchachos también elegidos por la Organización, para desempeñar otro tipo de misión en Varsovia: ayudar a los mercaderes hispanos a vender sus productos más alla de las fronteras.

El vuelo transcurrió sin ningún incidente, mientras se nos informaba que estábamos a más de 10 kilómetros del suelo, moviéndonos a 800 kilómetros por hora y con una temperatura en el exterior de 58 grados bajo cero. Pero en la nave se estaba bien. Tuvimos que parar a mitad de camino y cambiar de vehículo aéreo, lo cual hacía el viaje más largo, pero ese hecho tiene sus puntos positivos. En primer lugar, te permite estirar un poco las piernas y relajarte en tierra firme. En segundo lugar, nos sirvieron comida y bebida por dos veces, una en cada vuelo.

Ruta
Finalmente, aterrizamos en Varsovia sobre la hora prevista, a eso de las diez de la noche. Recogimos los fardos y nos dirigimos hacia nuestros alojamientos donde nos esperaban los respectivos caseros. Por el camino, un único pensamiento: “Frío”. Sin embargo, la casa en la que iba a vivir parecía un buen refugio y se veía acogedora.

Sin tiempo de deshacer las maletas me dirigí con mi compañero a una taberna cercana a saciar nuestra sed con una buena cerveza. Después, y con el agotamiento ciñéndose sobre mí, fui de vuelta a casa -mi nueva casa- para recostarme en un blando colchón. Es en ese momento, antes de cerrar los párpados, donde empiezan a aparecer todo tipo de pensamientos tratando de asimilarlo. Tu vida acaba de cambiar.